Celia Cruz no necesitaba una presentación larga. Bastaba una palabra:
“¡Azúcar!”
Y todo el mundo sabía quién había llegado.
Nació en La Habana, se convirtió en una de las grandes voces de la música cubana y después en un símbolo poderoso del exilio. Su voz tenía alegría, fuerza, picardía, elegancia y algo muy cubano que no se copia aprendiendo las letras.
Salió de Cuba después de la Revolución y no pudo regresar. La dictadura la trató como enemiga porque se negó a someterse. Cuando murió su madre, le negaron volver para el funeral. Es una crueldad que conocen muchas familias cubanas: un gobierno decidiendo quién puede despedirse.
Pero Celia no desapareció en el exilio. Creció.
Cantó con La Sonora Matancera, Tito Puente, Johnny Pacheco, Willie Colón y muchos otros. Llevó la música cubana por América Latina, Nueva York, Europa y donde la salsa encontrara un altavoz potente.
Su carrera no se construyó solo sobre la nostalgia. Fue brillante, disciplinada, divertida, teatral e imposible de ignorar.
Para muchos cubanos representa la Cuba que escapó de la censura: orgullosa, alegre, libre y sin pedir permiso.
¡Azúcar!
