En Cuba, la bodega no es simplemente una tienda pequeña.
Vas con la libreta, haces cola, preguntas qué llegó y sales con una respuesta que suele ser más útil que los productos.
“¿Qué vino?” “Dicen que mañana.”
Esa palabra, mañana, ha mantenido ocupadas emocionalmente a generaciones de cubanos.
La bodega pertenece al sistema de racionamiento. Debería ofrecer productos básicos a precios controlados: arroz, azúcar, aceite, café, pan, a veces huevos y otras cosas. En teoría es una garantía. En la práctica recuerda que un país rodeado de tierra fértil no consigue alimentar de forma fiable a su gente.
Cada barrio tiene su bodega y sus personajes. El que sabe antes que nadie qué llegará. La mujer que madruga porque “aquí hay que estar arriba de la bola”. El viejo que se queja de todo y nunca se pierde una entrega.
Y está la pregunta universal: “¿Llegó el pollo?”
Probablemente ha causado más decepciones que muchas historias de amor.
La bodega no es una postal colorida. Allí se mide la escasez en kilos, paquetes, días y promesas. Pero también se conversa, se intercambian noticias, se ríe del absurdo y se sigue sobreviviendo.
A veces Cuba es eso: sales a buscar aceite y regresas con chismes, frustración y quizá media libra de arroz.
