En Cuba, una cola tiene reglas propias.
La primera pregunta no es qué estamos esperando. Es: “¿Quién es el último?”
Esa persona se convierte en tu referencia. Puedes ausentarte un momento, regresar, conversar y quejarte del calor, del gobierno o de lo que venden. Todos saben qué lugar ocupa cada uno.
Una cola puede parecer veinte personas que no están cerca entre sí. No te engañes: tienen un orden, lo conocen y, si te cuelas, se organizan de repente.
