La escasez de vivienda y la dificultad de conseguir casa propia hacen habitual que varias generaciones vivan bajo el mismo techo. Abuelos, padres, hijos y otros familiares pueden compartir una casa durante décadas.
Varias personas ocupan uno o dos dormitorios, con poca privacidad. Cuando una pareja se casa o tiene hijos, mudarse no siempre es posible y otra generación se suma al hogar.
Se dividen habitaciones, se construyen ampliaciones improvisadas y se adaptan espacios para acomodar a todos. Eso significa hacinamiento, falta de intimidad y tensión.
Para muchos cubanos, independizarse no es una cuestión de preferencias o de ahorrar lo suficiente: el salario hace que no sea una posibilidad realista.
